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El siglo XX empezó y terminó en Sarajevo. Durante ese lapso de tiempo existió una nación ficticia, una peculiaridad cultural, étnica, religiosa y geopolítica en tiempos del Telón de Acero: Yugoslavia. Y sostengo el término ficticio ya que la nación yugoslava era el conjunto de seis estados autónomos: Bosnia y Herzagovina, Croacia, Eslovenia, Macedonia, Montenegro y Serbia. Esto llevó a una conjunción de etnias, religiones y lenguajes. De ésta manera, no sin tenciones, convivieron católicos, ortodoxos y musulmanes. Dichas tensiones, en parte, fueron moderadas por la dura mano del mariscal Tito, quien fuese jefe de Estado de Yugoslavia desde fines de la Segunda Guerra Mundial, hasta su muerte en los ochenta. Reconvertida en una Federación Socialista, y dada su posición geográfica, ubicada en el límite del Telón de Acero que dividió al mundo durante la Guerra Fría, la astucia de Tito radicó en una temprana ruptura con la política stalinista, y no volverse un estado satélite de la URSS. De ésta manera, pese a su política socialista, tuvo apertura con el mundo occidental, siendo fundador y promotor del Movimiento de Países No Alineados. Pero la fachada de Yugoslavia se desmoronó tras la muerte del mariscal, momento en que comenzaron a surgir movimientos nacionalistas dentro de la Federación.

Las guerras yugoslavas (también conocido como tercer guerra de los Balcanes) fue el último conflicto de relevancia del convulso siglo XX. Sucedidas entre 1991 y 2001, consistieron en dos guerras sucesivas que afectaron a las seis ex repúblicas, culminando con la desintegración del territorio yugoslavo. Las razones del conflicto fueron diversas, políticas, económicas y culturales, pero principalmente, y como ya fuese mencionado, se acentuaron las tensiones étnicas y religiosas de la región. La declaración de independencia de Croacia y Eslovenia generaron un efecto dominó sobre el resto de las naciones, derivando en una guerra con tintes muy violentos dado el choque entre los nacionalismos, principalmente serbios y croatas. Dichas guerras fueron los conflictos más sangrientos en suelo europeo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, y también, los primeros desde la misma en haber sido juzgados por crímenes de lesa humanidad.

En dicho contexto es que el realizador serbio (anteriormente yugoslavo), Emir Kusturica, estrena el film “Underground”, el cual le valdría su segunda Palma de Oro en el Festival de Cannes. Financiado por un canal estatal yugoslavo, no estuvo exenta de polémica, ya que algunos críticos se encarnaron definirla como un film, o pro serbio, o pro bosnio, así también una ola de intelectuales franceses se alzó en su contra por convertir en un circo la tragedia de su tierra. Lo que ninguno de estos pseudos eruditos charlatanes pudieron visualizar fue el profundo dolor de un ser humano que, más que aliarse a alguno de los nacionalismos latentes en el conflicto, expresaba su pesar por una identidad nacional destruida, fragmentada, desquebrajada.

Es que la obra de Kusturica, fiel al espíritu gitano, se encarga de exhibir la tragedia desde, contradictoriamente, la alegría. De ésta forma, en sus films, se conjugan el grotesco, el absurdo, lo surreal, la fantasía y la desmesura. Pero por sobre todos los elementos mencionados, el que destaca es la música. Sus personajes se sumergen en un caos constante, huyendo de la lucidez. Y es a través de su comportamiento de jolgorio que expresan las miserias de su pueblo que, en vez de contemplarse desde la óptica de la derrota, prefiere levantarse y seguir festejando.

El increíble ingenio (e ingeniería) visual del realizador se pone al servicio, una vez más, en “Underground” para contarnos la historia de dos amigos, Marko y Blacky (bandidos, rufianes, insurrectos, rebeldes), en el transcurso de tiempo que va desde los inicios de la Segunda Guerra Mundial (y la ocupación Nazi en los balcanes), la Yugoslavia socialista de Tito, hasta las guerras que desmembraron la Federación, en la década de los noventa. Escapando de los inminentes bombardeos alemanes, deciden esconderse en el sótano de una casa, ayudando a la insurrección desde allí al construir armas. Pero Marko, tentado por la ambición, y cegado por su amor hacia la amante de Blacky, decide traicionarlos, haciéndoles creer que la guerra dura quince años más, obligándolos a seguir manufacturando rifles para así poder venderlos en el mercado negro, mientras públicamente ocupa un alto cargo al ser uno de los colaboradores más cercanos de Tito.

En primer lugar, me gustaría señalar el empleo de imágenes de archivo, que, pese a la diferencia de textura visual, no desentona con el resto del film, permitiendo interactuar a los personajes con momentos reales de la historia yugoslava. Inclusive dentro de la trama se rueda una película en honor de la figura de Blacky (al cual, fuera del sótano, creen muerto en mano de los nazis). La historia re escrita desde la óptica de los vencedores, y los mártires al servicio de la creación (e instauración) de una identidad nacional, que despiertan en los ciudadanos la creencia de pertenecer a una fábula colectiva.

El segundo punto es la simbología que se genera en torno al sótano, la cual no se limita únicamente al mismo, ya que más allá de éste existe una red de túneles subterráneos que conectan con diversas partes del mundo. En los tramos finales de la película, ubicados cronológicamente en los noventa, tras la caída del Muro de Berlín, se define al comunismo como un enorme sótano en el cual la población convivió durante el trascurso de la Guerra Fría. Ésta simbología en torno a lo subterráneo nos lleva a un final surreal, lírico y alegórico, en que todos los personajes se rencuentran en un pedazo de tierra flotando en medio de un océano ficticio. Mientras celebran, logrando subsanar sus diferencias, la tierra de la isla comienza a desquebrajarse, en relación al desmembramiento de lo que alguna vez fue una nación.

Una vez más el cine sirve como una forma de catarsis. Quizás un espectador ajeno a este conflicto no logre contemplar la magnitud de la tragedia sucedida en tierras balcánicas. Es que la perdida de una nación va mucho más allá de la perdida de las fronteras ficticias que se trazan en un mapa. Es la pérdida de una identidad y de un hogar. No son gratuitas las palabras del realizador al afirmar que cuando Yugoslavia desapareció, él se volvió invisible. En deuda con la historia de su país (o lo que quedaba del mismo) comprimió en tres horas de duración medio siglo de tragedia de su pueblo, lanzando un grito eufórico al sin sentido de la guerra. Pues, en palabras de Marko, “una guerra no es una guerra hasta que el hermano mata a su hermano”. Y lamentablemente aquellos que alguna vez compartieron una bandera, una historia colectiva, y una identidad, fueron participes y protagonistas de la última barbaridad del siglo XX.

Pues el siglo XX empezó y terminó en Sarajevo. Pero a su vez, las miserias del siglo XX también empezaron y terminaron con los nacionalismos. Esperemos poder seguir contemplando la historia, y que la misma nos enseñe hacia donde no hay que ir.

Había una vez una tierra, una Yugoslavia ficticia. Crítica a “Underground” de Emir Kusturica.

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