Un viaje iniciático a la oscuridad que se esconde detrás de las fachadas. Crítica a “Blue Velvet” de David Lynch.

Imagen tomada de Internet, crédito a sus respectivos autores.

Todas mis películas son acerca de mundos extraños,

mundos a los que nunca podrías ir a menos de que

los construyas y los reproduzcas en una película”.

David Lynch.

Lumbertown. Tras los títulos de crédito la cámara desciende, pasando de mostrarnos un cielo azul despejado a una cerca con flores. Un camión de bomberos transita tranquilamente por las calles. El bombero, con una amplia sonrisa en su rostro, saluda. Los niños salen de clase, mientras una mujer para el tránsito, haciéndole señas de que pueden seguir. La clásica casa norteamericana de dos pisos y jardín delantero. Un señor de avanzada edad riega las flores. En el interior de la casa, su esposa bebe té mientras mira la televisión. Al ver estas imágenes uno, como espectador, cree encontrarse en un lugar idílico, casi como si fuese un paraíso. Dicha sensación de perfección es acompañada por la canción “Blue Velvet” que se escucha como banda sonora. De golpe, sin que nadie pueda esperárselo, el señor se desmaya a consecuencia de un infarto. Mientras esto acontece la cámara, a nivel de piso, se sumerge entre los pastizales. La canción de “Blue Velvet” deja de escucharse, dándole lugar a un sonido perturbador. El simbolismo se hace patente al ver cómo los insectos pelean frenéticamente entre sí por alimento: el submundo de las profundidades que coexiste con el cotidiano.

Tal secuencia no sólo sirve para marcar el tono de “Blue Velvet”, cinta estrenada en el año 1986, sino que en gran medida resume la esencia de la obra de David Lynch. Siendo un cine de sensaciones, el realizador crea universos visuales y sonoros absolutamente personales, en el afán de exhibir lo siniestro y perturbador del alma humana que se esconde tras la apariencia de lo “normal”. Sus películas están protagonizadas por personajes excéntricos que rehúyen de la razón, encontrando la motivación para su actuar en cuestiones puramente ilógicas, que responden a pulsiones inconscientes. No es de extrañar que, ante ésta premisas, se presencien situaciones oníricas y surrealistas, desdibujándose el límite que separa lo real de lo irreal.

En éste sentido, quien escribe se animaría definir “Blue Velvet” como el film más logrado del realizador norteamericano, previo a las experimentaciones narrativas que presentaría en posteriores trabajos. La trama del mismo gira en torno al personaje de Jeffrey (interpretado por Kyle Mc Lachlain), el hijo del señor de avanzada edad que se nos presenta al inicio. Debido al incidente sufrido por su padre, se ve obligado a regresar a su poblado natal para hacerse cargo del negocio familiar. Volviendo de una visita a su progenitor, quien sigue internado en el hospital, encuentra una oreja cortada entre los pastos. Tras denunciar el hecho, y motivado por una intuición puramente infantil, comienza una investigación por su cuenta que lo lleva a relacionarse con Sandy (Laura Dern), la hija del detective local. Ambos investigan a una mujer llamada Dorothy Valley (Isabella Rosellini), colándose Jeffrey en su apartamento con la intención de investigarla. Pero el límite de la investigación detectivesca vira hacia un placer voyerista por parte del protagonista, quien no solo se relaciona sentimentalmente (y sexualmente) con Dorothy, sino que también conoce al siniestro Frank Booth (Dennis Hopper), contemplando la extraña relación sadomasoquista que se da entre ambos personajes.

“Blue Velvet” es un trabajo cargado de simbolismos, en el afán por parte del realizador en mostrarnos aquello que se esconde tras la fachada de lo idílico. La narrativa del film se presenta con una estructura que se ancla en un tono policiaco para, a medida que la trama se desenvuelve, llevar al espectador hacia la atmósfera de pesadilla que Lynch propone. No es casual que la acción del film se sitúe en el periodo de tiempo en que el padre del protagonista no se encuentra presente en el hogar, así como tampoco es casual el hecho de que éste haya encontrado una oreja, ya que el sentido de la audición es una conexión directa hacia el cerebro. De ésta manera, el descubrimiento que hace Jefrrey del mundo mediante su investigación, traspasa los límites de lo razonable. A medida que se relaciona cada vez más con Dorothy, siendo conocedor del peligro que ello implica, el protagonista comienza a actuar de manera inconsciente. La fascinación hacia ese submundo perverso se hace patente.

Por su lado Frank, el antagonista, sirve como encarnación de ese mal oculto, de ese horror que se esconde en todos lados (inclusive dentro nuestro), esperando el momento adecuado para salir a la luz. Los personajes de Frank y Dorothy conforman, junto a Jeffrey, un trío marcado por el complejo de Edipo. Las figuras de ambos personajes sirven como referencia paterna al protagonista de la nueva realidad que está descubriendo. La violencia que Frank ejerce sobre Dorothy (que representa la violencia doméstica solapada que se da en el interior de varios hogares), en un principio es reprobada por Jeffrey, pero contradictoriamente lo incita a hacer lo mismo. Por su lado el personaje de Sandy sirve como contrapeso frente a la podredumbre que presencia el protagonista. Su visión idílica y aniñada del amor (representada en la figura de un petirrojo) sirve como anclaje a esa realidad idílica (de casa de dos pisos, jardines delanteros y bomberos sonrientes que saludan), de la cual Jeffrey, pese a lo visto, no quiere desprenderse del todo.

Inclusive la fachada de lo idílico se sigue preservando al final, una vez resuelto el conflicto. Como si se tratase de un retorcido cuento infantil, el film cierra con la idea de “vivieron felices para siempre”, volviendo a la sensación de perfección que se da en un principio. Las familias de Jeffrey y Sandy se encuentran compartiendo un día de camping, mientras contemplan sorprendidos como un petirrojo se posa sobre la rama de un árbol. En cierta medida es un final cínico, ya que las apariencias esconden la experiencia que el protagonista tuvo frente a la perversión de un mundo que le generó satisfacción. El joven ideal que parece ser no exhibe el grado de podredumbre que carga consigo.

Los logros de “Blue Velvet” no se reducen únicamente a lo simbólico. Tanto la fotografía de Frederick Elmes, la óptica empleada que distorsiona los límites del encuadre, la banda sonora compuesta por Angelo Badalamenti, sirve para acentuar la atmosfera enardecida, que deambula entre la realidad y la fantasía, entre la vigilia y la más pura y aberrante pesadilla.

A modo de conclusión, he de señalar a Lynch cómo uno de los grandes culpables de que al día de hoy me encuentre haciendo lo que hago. No he de limitarme únicamente a “Blue Velvet”, ya que el conjunto de su obra, en su respectivo momento, sirvió como otra forma de aprender a contemplar el cine, apreciarlo, sentirlo. Definir la autoría de Lynch en sus trabajos sería caer en el terreno de la redundancia. No sólo se trata de la “textura” de sus films, por decirlo de alguna manera, sino que también la posibilidad que le otorga a cada espectador de sumergirse en esos mundos extraños, teniendo un amplio margen cada uno para extraer sus propias conclusiones. Y de ello, en resumida cuenta, se trata el cine.

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